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El “Bella”, el Mesón Nerudiano y los misterios recoletanos: De regreso al barrio-escuela.

  • 27 jun 2022
  • 3 min de lectura

Toco música hace más de veinte años. No soy tan viejo, partí bien chico: a los 15 me sabía todas las de Los Beatles... y con eso bastaba. Hice mi “servicio militar obligatorio” de músico en largas y memorables jornadas de guitarras, pisco barato y pizzas callejeras en boliches del barrio Bellavista: todo músico que se precie de tal debe construir y vivir su propio Cavern Club, su propia historia, no obstante el reconocimiento que puede llegar o no, pues en esa materia hay elementos misteriosos a los cuales nuestra limitada humanidad jamás tendrá alcance: “la fama y fortuna” es relativa y no depende necesariamente de las buenas intenciones.


En esas jornadas aprendí el oficio que me abraza hasta hoy y que por cierto será mi sustento hasta que mi cuerpo diga otra cosa. Toqué en varios boliches por largas temporadas en ese sector de Recoleta. Algunos ya no existen, otros permanecen saciando las ansias festivas de los santiaguinos. En todos ellos en un solo día se aprendía más que un año en una academia de música, pues había que ser músico del rigor, de la oreja, del repertorio variado que casi siempre salía a través de sistemas de pésima calaña en un constante punto y codo que había que sortear a punta de talento, inspiración, creatividad y de la supresión absoluta de la ambición de ser “millonario”: muchas veces salías con números rojos en la contabilidad, aunque contento, siempre a pérdida, cosa que se mantiene inalterable hasta hoy, lamentablemente. Esas noches fueron la academia del oficio donde la única energía que hacía mover los motores era el amor a la música, nada más. Había ganas, ímpetu y porqué no reconocerlo un valido deseo de éxito; que dicho sea de paso es inherente a cualquier ser humano con pretensiones de “artista”, el que dice lo contrario, no le creo. Con los años ese anhelo se relativiza, pues nos vamos dando cuenta que la vida no depara el éxito como una unidad absoluta si no como pequeñas recompensas que llegan cuando tienen que llegar. A veces tardan años, siglos... Siempre se debe estar atento cuando es esas compensaciones cariñosamente te tocan por la espalda para disfrutarlas, agradecerlas y por que no, sentirse exitoso pero esta vez comprendiendo los porqués, los que en años novatos no alcanzamos a ver, menos entender. Hoy, el tiempo vivido permite darme cuenta que los caminos no se fuerzan, que se abren solitos cuando se ha sido coherente, no nos hemos traicionado y hemos jugado limpio. Hoy me siento premiado y halagado, pero consciente que para que esto ocurra ha habido un incansable trabajo, pues han años de buscar y buscar, de cansancio, de renuncias y abandonos lo que hace que valore, agradezca y disfrute de estas pequeñas retribuciones que tal vez para muchos pueden ser insignificantes pero que para mi son gigantes.


Siempre es bonito volver a tocar al “Bella”, a ese querido barrio-escuela donde aprendí el oficio. Esta vez a tocar en vivo un disco compuesto y producido por mi y con el patrocinio del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes. Acompañado por mi hermano Jano - el mismo compañero de armas de siempre -.Invitado por el admirado y respetado Eduardo Peralta que generosamente me hace partícipe de su histórico escenario de día lunes en un local que muchas veces en nuestras andanzas de músico por las faldas del San Cristóbal vimos desde afuera: El Mesón Nerudiano, que nos invita -por segunda vez- a pasar amablemente para vivir una nueva jornada en este eterno aprendizaje. ¡Y lo más misterioso y loco!, cantando versos de un poeta que hace más de un siglo deambuló por esos mismos lugares tal vez buscando la inspiración que luego dejaría en el papel y que constituiría - para mí- una de las piedras fundacionales de la poesía chilena moderna: Pedro Antonio González (1863-1903).


La vida y sus misterios. Las conexiones trazadas invisibles a los ojos y al tiempo, la espera. Las pequeñas pero grandes recompensas que no llegarían si hubiésemos renunciado y traicionado al camino que se nos había trazado.




 
 
 

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