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Edificios imponentes: primero hay que aprender a leer y escribir

  • 27 jun 2022
  • 2 min de lectura

Que orgullo ser lo que somos. Tenemos la capacidad de juntarnos en la plaza del pueblo con bandera al hombro exigiendo nuestros derechos. Tenemos edificios imponentes, que grande somos.

Tenemos una educación que solo nos permite responder si o no, nunca preguntar los porqué, pero cada vez que podemos enrostramos un cartón de cartulina a quien tuvo menos oportunidades de pagar. Tenemos miles de cosas de brillante lata china colapsando mal trazadas calles y mal inspirados cerebros como usuarios de tecnología que idiotiza. Y qué decir de las “pegas”, donde somos un miserable servil al dueño del “secreto”. Pero vivimos “piola”, total tenemos edificios imponentes y lo que venga después, que importa.

Ilusoriamente nos han hecho creer que hemos vivido en un país desarrollado y pujante, y nos creímos el cuento. Pero, ¿desarrollados?... si consumimos para saciar en cositas plásticas en el almacén del dueño de los almacenes el hambre de algo que ni siquiera sabemos que es mientras miramos con desprecio al vecino de enfrente (al que llega de otras tierras en busca de un mejor pasar lo miramos por encima del hombro solo porque tenemos edificios imponentes).


¿Eso es ser un país grande y movilizado? No, la verdad es que cada día estamos más solos, encerrados en nuestros febles castillos llenos de cachivaches sin sentido y preguntas sin resolver convirtiéndonos en individuos indiferentes y lejanos a lo fraternal, lo verdadero: levantarse como autómata por la mañana día tras día en busca de un afán no es lo mismo que despertarse, pues despertar implica cambiar el curso de un camino: un rumbo que no cambiará con un panfleto disparado desde un computador (como este) ni con una marcha de selfie dominical. La verdadera revolución está en nuestras conciencias, es ahí donde germinará lo que podrán disfrutar orgullosamente los que vendrán mañana.


El país de los edificios imponentes la verdad no están grande: es mentiroso, es aparentador de algo. Es de segunda división. Donde pocos, siguiendo una tradición histórica se arreglan los bigotes mientras el vulgo se hipnotiza mirando carteles que dicen en tono farsante: “¡tú también puedes!”. Nos han embelesado con una atractiva pirotecnia; y nos ha gustado, le hemos guiñado el ojo porque nos han hecho creer que somos partícipes de algo que nunca será nuestro.


Es el momento de despertar, de edificar torres con nuestra propia impronta, de reconstruirnos en mejores personas, más conectadas. De aprender a leer y escribir, sumar y restar: de estar más al tanto. Ser solidarios; pero de verdad, de adentro, no desde una imposición mediatizada por la culpa. Solo así construiremos una mejor sociedad donde preguntarse ¿en donde está mi platita que destinaré para cuando viejo? sea solo una pregunta en una conversación al paso, una anécdota lejana a una real incertidumbre.


¿Cuánto estamos dispuestos a cambiar para ser una mejor sociedad y merecer los edificios más imponentes del mundo?






 
 
 

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